cinco poemas...

ADIVINAR

 

He disfrazado de agua

la ceguera

para ver el olor de los sabuesos

que buscan cadáveres proscritos

por los rincones del aire.

 

Aprendí

   del mar

      a recorrer

los ocultos ojos de la noche

en pos de las palabras mudas:

renuncio

   al sabor

      del verano

para que el invierno fecunde

las lágrimas impotentes

de las princesas sumisas.

 

Solo resta adivinar cómo el oscuro

podrá convertir en azul

el corazón cansado del poeta,

cómo

declinar dolores y fantasías,

cómo hacer estéril

el dolor del tiempo, que pasa

dejando cicatrices en las olas.

 

Adivinar por qué ya no sirven los disfraces...

 

Luis E. Prieto

 

CUANDO EL TIEMPO SE PARA

 

 

Se para el tiempo…

 

Retrocede la luz

amenazando el discurso de las sombras

que han ido a esperar las lluvias

para llorar fracasos.

 

Hay un circunloquio impreciso

que desbanca la fidelidad de deseo

entre grises dolorosos:

                                        fidelidad

del amor que huye,

                                        soledad

del dolor que hiere,

                                        contrariedad

de la espera muerta.

 

El tiempo se rompe

entre lágrimas obtusas

ajenas ya a los soles futuros,

inservible ahora a la voz

que enmudece entre heridas sin sangre.

 

Y cuando el tiempo se para

la canción se torna triste

escondiendo sus dientes en el vacío.

 

Luis E. Prieto

 

EL MONSTRUO, A VECES

 

El monstruo, a veces,

se disfraza de payaso

por carnavales de hambre o miedo

y se va a recorrer auroras

con su sonrisa de revivir las sangres

de los abismos.

 

Es entonces

cuando se hiela la furia

y los burdeles se tornan grises;

cuando el corazón

de las oropéndolas naufraga

perseguido por odios azules;

cuando el mar

ya no sirve para revestir sonrisas

sino para ahogar tristezas

de dolor y lucha.

 

El monstruo sin labios

         alardea

de canciones sin futuro

para masacrar el aire,

     rompe los ojos

de los vagabundos caídos,

     burla-rompe-ve

la avaricia de la luz

que se esconde en las alfombras vacías.

 

El monstruo, a veces…

 

Luis E. Prieto

 

NO HAY TREGUA

 

       Para Lola Bertrand, que ya no sufre.

 

 

No hay tregua

para el proscrito.

 

Aunque flameen

de turquesas y marfiles

los altos corredores

donde el silencio aguarda

para besar la muerte;

aunque el hambre de los otros

no invada las cárceles inmunes

por donde el placer aflora

vestido de princesa;

aunque la vida se apague

entre luces de calabaza y neón:

                                                      no hay tregua

                                                      para vivir

                                                      doliendo.

 

Si acaso

habrá que percutir los labios

hasta que los intestinos revienten de ira

para que la sordidez de la lluvia

ácida no alcance el corazón inútil

de los poderosos murmullos

que bisbisean por entre las caléndulas

agostadas de soledad y frío.

 

Si acaso habrá

que redistribuir las mareas

antes de que la tregua de los proscritos inicien

su masacre de dolor y lágrimas…

 

Luis E. Prieto

 

¿QUÉ HACER?
 
                   
 (para Ana Matilde, Marisa y Araceli)
 
¿Qué vamos a hacer con los silencios
que se amontonan al costado doloroso
de nuestra oculta biografía?
¿Qué hacer con los dolores contenidos,
con los besos callados y robados,
con las risas mantenidas en reserva,
con los amores que quedaron en secano,
con los gritos que tuvimos que ocultar
para sentirnos partícipes del tiempo?
 
Habrá que reconfirmar las emociones
en
 un ejercicio cotidiano de desgarros
y aprender a ventear hasta el límite preciso,
necesario y consecuente, los dolores
que son parte inamovible de la vida;
habrá que ir aprendiendo a retomar palabras
aunque nos duelan los conceptos y las dudas
de ser excepciones que se engullen los lamentos;
habrá que
 abrir las alforjas solitarias
para sentirnos parte indivisible de un futuro
que convertimos en hueco de silencios apagados.
 
Y entonces, abiertos
 los dolores y las sangres,
libres las sonrisas y esperanzas,
caminar codo con codo, piel con ojos,
como un batallón de locos aguerridos
que
 buscan unirse a la familia destrozada
de egregios sabedores del único camino
que aún nos va quedando...
ahora que sabemos
que ser
 felices es solo un ejercicio
de lágrimas y risas.

IN THE UPPER ROOM

 

                (EN EL RECINTO DE LO ALTO)

 

 

 

                                                 Mahalia Jackson falleció un día cualquiera de 1972,

 

                                                   cantando, mientras se desangraba su pueblo negro.

 

                                                         Para ella este espiritual que es suyo.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=OLZcoDsPUkI

(escuchar la voz de Mahalia mientras se siente el poema)

 

 

 

Escucha, hermano: está brotando sangre negra

 

como un río desbordado

 

que va enfangando las riveras

 

del sillón y de la calma.

 

 

 

Escucha, escucha hermano:

 

"En el recinto de lo alto

 

hay un Dios en carne viva

 

cosido a latigazos

 

que desparrama su aliento

 

entre los negros doblados".

 

 

 

¿Comprendes, hermano?

 

                                             Sí, ya sé,

 

que hay hombres que se mueren cada día

 

en el amplio sudario de las manos,

 

que cada día hay un muerto en carne viva

 

sobre la espesa cinta del asfalto,

 

ya sé, hermano blanco, que una lágrima

 

cuesta hoy una fortuna.

 

 

 

                                          Y sin embargo...

 

Mahalia, yo sé que sí,

 

conozco a un hombre que ha cerrado sus ojos

 

en la voz puntiaguda de tu canto

 

y ha sudado por las secas tierras

 

del calor y de los látigos.

 

Sí, Mahalia, negra, profunda Mahalia:

 

allá, hasta el amplio recinto de lo alto,

 

ha subido tu canción acariciada

 

y ha marcado en Él un latigazo.

 

 

 

Escucha, escucha hermano:

 

"In the upper room

 

hay un Dios en carne viva

 

bañado a salivazos

 

que desparrama su aliento

 

entre los negros cansados".

 

 

 

       ¿Comprendes, hermano blanco...?

 
 
Luis E. Prieto

 

 

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