Cinco prosas poéticas

APRESÚRATE

 

Apresúrate. Aún es tiempo de reconciliar laberintos y dibujar salidas en las que el dolor no sea el único superviviente.

Recuerda que la sed se sacia con aventuras posibles, y que el hambre no siempre encoje el estómago, porque el cerebro se insatisface más tarde.

 

Cuando se olvidan pasados, pueden renacer futuros, aunque el blanco y el gris siempre te acompañen, y los surcos –los que te nacieron y los que te crearon- serán cada vez más hondos, mucho más hirientes y duros.

 

Todavía hay azucenas que cosechar  y musgos que besar: debajo del verde

-siempre- existen sabores indecibles, coleópteros sin ojos que se ríen de la noche, yeguas desbocadas, águilas inciertas con las alas replegadas y avizorando la aurora.

 

Apresúrate. Ya van viniendo las tormentas de Otoño y el mar esconderá su brisa para hacerla borrasca.

 

No digas, después, que los cadáveres no tienen imaginación ni saben abonar las tumbas…

 

Luis E. Prieto

 

DÉJAME DECIRTE

 

       (dedicado)

 

Déjame decirte, ahora que se rebelan las mandrágoras en antifaces de luna, que he guardado en mis alforjas cien mil inviernos con nieves altivas y con silencios de río.

 

Atesoré violines y bandurrias para el comienzo de los frutales y para el final de las lágrimas; he dibujado lagunas sin agua y cielos bombardeados en negro; exploré las altitudes del dolor y del amor entre sonrisas y lluvias; y fui pescador de sueños en círculo, y de ballenas sin dientes ni ojos...

 

Déjame decirte cómo se tornan las manos oscuras.

Cómo se arrugan los besos.

Cómo se escapa la vida a borbotones de miedos y luces.

Cómo retumban las horas en el balcón del futuro.

 

Fui roca y martillo, guadaña y cebo, espada y reclamo: supe de todas las miserias ocultas, y descubrí casi todas las magias perdidas.

Me hice sabio de risas y hurón de lamentos. Camarada de duelos y capataz de suspiros.

 

Acuné mi tiempo con corazón de cruzado en un equilibrio deforme de resurrecciones y sangres.

Desbordé los límites impuros de la belleza y del sexo. Sentí la vida y la muerte agazapadas tras las sombras, o tras las primaveras cansadas...

 

Déjame decirte ahora por qué he dado asueto a la memoria.

Por qué me asustan las madrugadas vacías.

Por qué me duelen las marejadas sin barcos.

Por qué me asolan los contrafuegos del tiempo.

 

Déjame decírtelo, amiga, antes de que los alacranes sin nombre hagan sus hogueras y se auto-inflamen en vértigos y ausencias...

 

Luis E. Prieto

 

EL CÓNDOR DEL ALBA

 

Está en el tobogán donde los recuerdos se hacen figuras de sal y agua, cerca del dolor de sentir cicatrices cercanas perforando el miedo, a un paso del derrumbe, confabulando angustias que le llenan de un pánico antiguo, y tan atávico como las voces que murmuran lejanías.

 

Se ha quedado sin voz.

Quiso cantar a los ponientes de la ira.

Rememorar los idus de los años del júbilo fértil.

Contribuir con sus ojos a las caléndulas del jardín oculto.

Pero se ha quedado sin palabras.

Sin contrafuegos de risas que catapultaran el pánico.

Vacío de luz y sombras.

 

Vino de la tierra de las profecías y las mañanas resplandecientes, desde donde los lirios de agua se convierten en tucanes de pico amarillo, del otro lado del temor y el odio, fresca de luces acunadas en el regazo de la lujuria y el gozo, del centro mismo del misterio.

 

Y repartió el canto.

Derramó madrugadas con auroras recientes.

Estuvo en el levante donde se ocultaban los murciélagos.

Luminarias de sorpresas y magias para el renacer de la vida.

Canción de albas nuevas.

Paraíso donde el mar se torna rubio y rosas las olas.

Llenando el corazón perdido.

 

(Un cóndor, de plumas rojas acariciadas por las nubes, ha querido levantar el vuelo hacia el horizonte difuso, donde, aún, siguen azulando promesas los corsarios sin galeones ni tesoros ocultos.

 

Y yo lo he visto...)

 

Luis E. Prieto

 

GUAPITA DE CARA

 

Guapita de cara me enseña cicatrices que dejaron las calles en su cuerpo, cuando tenía que andar buscando refugio a sus soledades y hambres.

 

Ironiza desde más allá del amor y del deseo, provocando mis pasiones con sus labios de tigresa en celo, y refugia sus pestañas detrás de unos dientes encajados por un desprecio de siglos.

 

No hace el amor sino la guerra, con la mirada perdida y vencida desde el tiempo del alcohol y del caballo, reciclando salivas y recuerdos: inocencias de margaritas olvidadas, latitudes de rosa y amarillo en cumpleaños vagabundos.

 

Guapita desencaja su sexo en una lucha de fantasmas inservibles que le rondan la boca, y escupe maldiciones que tatuaron sus carnes de princesa sin corona.

Luego recela del sueño y me vigila, acechando el silencio de las sábanas, recorriendo el ruido sin palabras de una voz que siente sospechosa e inquietante, con el puño preparado para el golpe o la defensa.

 

Tiene sangres acunadas en los labios y soles escondidos en los rincones del miedo y la revancha. Hijos requisados antes del latido y madres abatidas por el corazón del odio en su despensa de vida. Inocencias transgredidas por hermanos que rompieron sus sonrisas. Padres en moratones de lucha y asco. Amores de aguja y muerte.

 

Guapita de cara se viste, y, con gesto torcido, zarandea mi brazo: “¿dónde está mi parte?”

 

Se alisa sus cicatrices... y se pierde en la noche.

 

Luis E. Prieto

 

TRÍPTICO DE LA EMOCIÓN IMPURA

 

I-

 

Has llegado cuando la tarde acariciaba el viento de poniente desde mi ventana de recuerdos.

No había ya murmullos colgados en las bisagras de las puertas, ni caminos abiertos que la duda no hubiera teñido de ocre.

Arco-iris sin lluvia han recubierto, en un instante, el horizonte plano de las risas con un sabor a miel y a hierbabuena fresca.

Cosquillas intrusas han repuntado libres por entre los pliegues cansados de mi piel, anestesiada de esperas.

Olías a besos guardados, a distancias próximas, a caricias saltando desde tus manos a mi cuello en un abrazo perdido y loco.

Y se han abierto todos los cuartos donde se escondían los atardeceres mudos y los silencios sin sonrisas. Nos hemos hecho trasparentes y únicos en la indisoluble posesión del tiempo encontrado: serpentinas de júbilo para calmar el espacio que se nos perdió en el desamor de las lumbres que se quedaron vacías de rescoldos...

 

II-

 

Nos fundimos

en la locura violeta de la carne,

en la pasión

de los milagros de lo eterno,

en el vuelo relampagueante de las águilas

remontando nubes en círculos.

 

Te he dado

mi cuerpo de flor y nata:

he tomado las caricias

de tu sexo púber

hasta saciarme de infinitos colores

al borde del ahogo y la locura.

 

Manos para prolongar

los labios,

labios para confundir

los ojos,

ojos para retomar la voz

que grita insospechadas promesas.

 

Tu sexo y el mío

bebiendo amaneceres...

 

III-

 

A la noche le ha salido una joroba de pesares.

Has partido, y me has dejado el hueco: la soledad del río en las riberas acariciadas y transeúntes, el reflujo del vómito doliendo vientre abajo, la pena de unas manos que estuvieron a punto de acariciar la luna antes de que las nubes ocultaran su cuerpo radiante.

Espinas en gris y negro laceran mis ojos con acuarelas de verde y barro buscando lágrimas.

Has partido, y me has dejado el vacío que no habla, que duele desde todos los rincones de este silencio absurdo y espeso, máscara de bronce y azufre de aquellas risas que acariciaban los labios de la tarde.

La noche se ha quedado sin palabras, luego del vaticinio rojo de las sábanas húmedas de sexo.

Y mi ventana abierta, sola...

 

Luis E. Prieto