Cinco relatos

TUVE QUE MATARLA

 

     (para Yeli)

 

Tuve que matarla. Me había prometido sexo sin límites y sin descanso. Le recordé muchas veces que yo estaba ya llegando a los 60 y que ella apenas rebasaba los 16, porque no quería sufrir desengaños que luego pudieran ser dolorosos. Lolita me sonreía siempre con una mueca de desprecio irónico entre sus grandes dientes. Me convenció que sólo los hombres bien maduros la excitaban hasta llegar al paroxismo. Intenté olvidar sus carnes recientes y frescas, sus muslos turgentes, sus pechos de acechante tersura, su sexo prohibido y jugoso... pero sus gestos provocaban mi libido atardecida cada vez que me acercaba por su casa y la observaba desde detrás de los magnolios del jardín: su lengua juguetona y ofrecida seducía mis deseos de macho, y el descaro de su mímica sin tapujos enardecía mis instintos más dormidos.

 

Tuve que matarla. No pude soportar el engaño fragrante.

Aquella mañana vi a Lolita copulando, sin ningún recato, con Lolo, el chimpancé africano que acababan de adquirir en el Zoológico.

 

Ya sé –como le dije al inspector- que no es frecuente enamorarse de una mona, pero juro que mi amor era sincero, y estaba dispuesto a cambiar mi vida por ella.

Me han condenado a 3 años por “delito ecológico”: ni siquiera mi abogado ha entendido que se trató de un “crimen pasional”...

 

¡Qué mundo más raro!

 

Luis E. Prieto

 

EL SIMULADOR

 

   (Para Dani, mi yerno, que no es albañil, para Araceli)

 

Aquel día Dani estaba especialmente cansado. Llevaba desde las 8 de la mañana en las labores de restauración de aquel palacete dieciochesco convertido, por el albur del dispendio y de la fermosura, en Escuela de múltiples disciplinas contemporáneas, y le apetecía, más que nada, dejar un rato la llana y la paleta y fumarse un cigarrillo tranquilo y a escondidas.

Últimamente la vida no había sido especialmente benévolo con él. A pesar de sus estudios y de sus cursos monográficos solo había conseguido ese trabajo de albañil en aquella restauración cualificada. ¡Menos mal que siempre existía un roto para un descosido! Porque llevaba semanas comiéndose los mocos y paseando sus flamantes títulos de Monitor de Submarinismo Deportivo, de Auxiliar de Vuelo y de Experto en Temas Medioambientales de la UNESCO, por los distintos despachos de aquella ciudad confortable pero con alma elitista y reservada.

 

Subió la escalera renacentista con el fin de poder ocultarse de las miradas inquisitorias del capataz, y abrió la puerta del último piso, recién reformado, de la Escuela. Estaba a punto de encender el ansiado cigarrillo cuando, aún en la oscuridad, percibió una mole de aspecto extraño que ocupaba las tres cuartas partes de la habitación. No se atrevió a dar la luz pero la llama de su mechero iluminó lo que parecía, a todas luces, la cabina de un avión varada en el piso del recinto y con una puerta trasera abierta de par en par.

Dani se acercó dubitativo a la cabina y tomó un mando a distancia que reposaba a la entrada del compartimento posterior de la cabina, cerca de la entrada. Instintivamente apoyó su dedo índice en el POWER y, como por ensalmo, la cabina se iluminó apareciendo una réplica exacta de la cabina de un bimotor con todo su instrumental encendido, sus mandos de pilotaje y una pantalla gigante al frente del morro del aparato que simulaba la pista de despegue de algún aeropuerto. Antes de que pudiera salir de su asombro las puertas posteriores de la cabina se cerraron automáticamente, y una voz, con leve acento metálico, se dejó oír con claridad en el recinto:

 

-        Bienvenido. Ocupe por favor el puesto del comandante, relájese y esté atento a las instrucciones...

 

Dani no sabía si salir corriendo o ponerse a llorar, pero, ¡que caramba!, llevaba días machacado con yesos y cementos y ya era hora de echarse una canita al aire... Se sentó en los mandos del avión y notó cómo los motores (o al menos el ruido de los motores del Simulador de Vuelo) comenzaban a rugir. La voz, entonces, comentó:

 

-        Vaya quitando el freno del aparato y ponga rumbo 941 al despegar sin perder de vista a la mosca...

 

Joder, -pensó Dani para sus adentros-, este tío se cree que soy el Barón Rojo disfrazado de paleta en vacaciones... Pero fue quitando suavemente la palanca del freno y empujando hacia adentro los mandos sin perder de vista a la mosca que marcaba el rumbo y el trazado de la pista de despegue en la pantalla frontal del Simulador. El avión, milagrosamente, comenzaba a deslizarse por la pista mientras el ruido de los motores se exacerbaba.

 

-        Cuidado, -comentó la voz-, mantenga la velocidad de despegue...

 

Dani sudaba por todos sus poros. Sabía, de sus cursos de Auxiliar de Vuelo, que en un momento dado debería tirar del volante hacia sus piernas para despegar el aparato. La pista comenzaba a acortarse poco a poco. No sabía si la voz le ordenaría hacer la maniobra de despegue, pero cuando comprobó que la ralla continua iba a esfumarse tiró suavemente de los mandos hacia sí. El avión despegó sorpresivamente y la voz comentó al instante:

 

-        Bien, bien... Algo violento, pero despegue correcto. Ponga el rumbo fijado 941 y manténgalo a 2.000 pies en el altímetro. Y no pierda de vista a la mosca...

 

Estaba encantado. Ahora sí que parecía el verdadero Barón Rojo. Comprobó el rumbo en el reloj y ajustó en el altímetro la altura. . Dani estaba disfrutando como un loco con esa sensación de poder y libertad que hacía tiempo no sentía. Las nubes aparecían en la pantalla, y al fondo, a lo bajo,  pequeñas casitas de blanco salpicaban el paisaje verde-gris de la tierra. ¡Demasiado tiempo hacía que no se sentía tan feliz! La tensión continuaba pero ahora la alerta era distinta, apasionada...

De pronto la voz interrumpió su soliloquio:

 

-        Lo siento: parece que las condiciones meteorológicas comienzan a ser adversas. Entramos en una zona de borrasca con abundante aparato eléctrico. Mantenga fijo el rumbo y los mandos. Y no pierda de vista a la mosca...

 

Ipso facto Dani comprobó que la imagen que tenía delante de sus ojos cambiaba radicalmente. Rayos, truenos y centellas ocupaban ahora toda la pantalla y los mandos empezaban a temblar entre sus manos. Se dio cuenta de que la imagen de la mosca que le marcaba el rumbo y el equilibrio comenzaba a desajustarse peligrosamente de la aguja. Notó como se inclinaba el aparato en relación a la vertical del suelo.

 

-        ¡La mosca, atención a la mosca!, -bramó la voz.

 

El ruido de los truenos y relámpagos era cada vez más próximo y potente. Dani sudaba intentando mantener el rumbo y la altitud, pero la mosca seguía cada vez más alejada de la aguja y su cabeza empezaba a sentirse en un plano oblicuo con la tierra que de pronto comenzó a girar vertiginosamente.

 

-        ¡La mosca, la mosca..!

 

La voz no pudo terminar sus instrucciones urgentes. Se escuchó un ruido terrible y todo se tornó quieto y apagado.

 

A la mañana siguiente Araceli, la encargada de los cursos de pilotaje, subió como de costumbre las escaleras de la Escuela para hacer la revisión habitual de todo el equipamento ya que restaban pocos días para comenzar el curso. Cuando abrió la puerta de la habitación del Simulador de Vuelo, recientemente adquirido, tuvo que apoyarse el  marco para no desmayarse: había desaparecido.

Tampoco se volvió a saber, nunca más, de aquel obrero poco cualificado llamado Daniel que llevaba unas semanas trabajando en las restauración del palacete de la Escuela.

La tesis más lógicas que manejó la Policía Científica fue que, aprovechando la noche, unos compinches del albañil desaparecido de alguna manera habían conseguido robar el Simulador de Vuelo y trasladarlo a algún local oculto para luego revenderlo.

Lo que no se explicó el comisario jefe fue por qué encontró una gran mosca muerta flotando en una charca de aceite en el lugar donde debería haber estado el aparato...

 

Luis E. Prieto

 

LA FATMA

 

  (En recuerdo a Fátima Mimoum Mohatar

   con el cariño más limpio y emocionado posible)

 

 

Cuando yo nací la Fatma me miró encogiendo sus ojillos negros y pequeños, y tapándose la boca con la mano, como siempre que se ruborizaba, le dijo a mi madre: este habibi va a ser mi ninio...

 

No sé si fue desde entonces cuando me empezaron todos a llamar Bibi, que era una españolización cómoda y cortita del epíteto árabe que la Fatma me había puesto ya desde la cuna: Habibi (cariño mío).

Porque yo seguí siendo Bibi para toda la familia, pero sobre todo para la Fatma, mi Fatma, hasta que un día triste, nublado y plomizo de un Agosto ya lejano, me separé de ella en las escalinatas del barco que me trasladaba, con toda la familia, a la Península.

Yo no había visto nunca llorar a la Fatma, pero aquel día lejano, que aún está próximo en mi corazón y en mi recuerdo, la Fatma, llorando como una niña, se agarraba a mi brazo de jovencito de 16 años y me decía:

-        No, mi Bibian, no...

Yo intentaba entonces calmarla, aunque tenía bastante claro que posiblemente nunca más volvería a verla, que su edad indefinida, desconocida pero avanzada, no me permitiría más que mantenerla en el recuerdo. Pero la Fatma cada vez se aferraba más a mi entre hipidos que me desgarraban y me dejaban un tremendo nudo en la garganta

-        No, tu no, tu no marches a Espania...

Yo la acariciaba con toda la ternura que mis varoniles 16 años me permitían y le decía que la esperaríamos en Madrid al cabo de unos meses cuando ella pudiera arreglar los papeles para el viaje, pero bien sabía yo que la Fatma nunca saldría de Melilla, ni siquiera por su Bibian, porque no sabría qué hacer en una ciudad extraña en la que no podría hablar por las tardes con la Malika, o con su sobrina Raisa, o con su cuñado Abdull.

Porque la Fatma era un poco como la ministra in péctore de Asuntos Sociales de la zona magrebí de Melilla. Su carácter independiente y su inteligencia natural la habían convertido en una pieza clave e imprescindible para la comunidad rifeña de la zona. No había disputa familiar en la que la Fatma no fuera preguntada y oída en una especie de tribunal popular en el que ella ejercía , a pesar de ser analfabeta, como jueza de paz y convivencia.

 

Y, sí, la Fatma era analfabeta. Aún recuerdo aquellas cartas llenas de encanto y cariño que la Fatma me dictaba, desde el primitivismo puro de su pensamiento, y que yo trasladaba al papel al pie de la letra:

Primo, ¿estás bien? Yo muy bien, gracias a Alá.

Dice la Malika que la funa que tienes en Tánger que la cuides. Que cuando pueda irá a verla.

Raisa se ha colocado en casa con unos señores con posibles que la tratan bien.

Y Abdelkader quiere hablar conmigo para casarse con Raisa.

Yo creo, primo, que Abdelkader puede ser buen marido.

¿Y por allí, todo bien?

Cuando vengas a Melilla no olvides llamarme.

Salam oli kum, primo.

 

Fuera de su misión como casamentera y jueza de paz, la Fatma tenía un carácter de lo más sui géneris. Ella nunca quiso casarse  porque decía que para que un hombre la pegara y la cambiara por otra cuando fuera algo vieja mejor se quedaba como estaba. En casa era toda una institución y nunca permitió que ninguna otra criada se acercara por casa para ofrecer su trabajo. Cuando esto acontecía, de tarde en tarde, la Fatma  esperaba a la advenediza a la puerta de casa y le decía:

-        ¿Tu sabes que esta casa es mía? ¿Tu sabes que es la casa de mi Bibian? ¿Tu sabes que es la casa de mi familia espaniola? ¡Anda y márchate!

Porque la Fatma no aceptaba, ni siquiera después de alguno de aquellos enfados terribles con mi madre en los que juraba en cherja y luego se auto-despedía por un tiempo, que nadie pudiera ocupar su lugar imprescindible, y durante todos aquellos días montaba guardia cerca de la puerta de la casa, sin entrar, hasta que ella decidía que había llegado el tiempo del perdón y del olvido.

 

Pero al margen de sus enfados transitorios la Fatma era, sobre todo para mi, el cariño más profundo y puro con el que fui aprendiendo la vida. Con ella aprendí a coger los chumbos con aquel palo de escoba que ella me fabricaba para que mis manos no se lastimaran. Con ella aprendí a pelarlos y a saborearlos. Con ella me fui integrando en las tradiciones rifeñas, y con ella tomaba el té con hierba buena en las tardes en que el viento de levante ponía tontas las sonrisas mientras me contaba las leyendas bereberes que había aprendido de sus mayores.

Por eso cuando se la tuvieron que llevar al hospital con una apendicitis aguda la Fatma solo permitió que fuera yo el que le acompañara antes de la operación. Sus ojos negros y brillantes estaban entonces apagados y su sonrisa parecía solo una mueca por el dolor. Allí, en la habitación, la Fatma me iba susurrando:

-        Si yo me muero, mi Bibian, todo lo que tengo es tuyo... Le das a Malika las chilabas y los pañuelos... Y a Abdull le dices que me entierren en Frahana... Pero todo lo demás es para ti...

Yo tenía un nudo en la garganta porque me parecía que la Fatma estaba muy grave, y porque se me antojaba que sus ojos ya estaban empezando a mirar para adentro. Pero le decía:

-        Mi Fatma, tu eres fuerte. Tu no eres Alijudi mala raza. Tu eres mi morita berebere...

Y la Fatma me miraba con una sonrisa apagada y dolorosa entre sus labios.

 

No pudo entonces la peritonitis con ella, y después de un tiempo la Fatma andaba por nuestra casa, como siempre,  con sus rituales religiosos y dejando bien apartadas sus manos del JALUFO, del cerdo del cocido o de cualquier alimento que ella no tuviese la certeza de con qué estaba cocinado. Mi madre le decía muchas veces:

-        Fatma, prueba estos pasteles que son muy buenos...

Y la Fatma, poniendo cara de sabia despistada, le contestaba:

-        No, seniora, a la Fatma no gustar esos pasteles...

Porque a pesar de llevar quince años en casa seguía pensando que podrían llevar algún condimento de jalufo aquellos pasteles que ella no había elaborado.

Y lo decía desde la certeza de que nunca intentaríamos engañarla en sus tradiciones religiosas, pero también desde esa íntima convicción de ser una practicante musulmana dentro de una familia cristiana a la que quería como si fuera la suya propia, a pesar de no haberse atrevido nunca a mirar de frente a mi padre, porque una buena musulmana no debía de mirar nunca a los ojos de un señor mayor y sobre todo con el pelo blanco.

Así era la Fatma: una institución a la que nunca habría podido olvidar.

 

Pero lo que no pudieron las diferencias étnicas y culturales, sí lo pudieron el tiempo y la distancia.

Cuando pocas semanas después de recibir su última carta escrita por Malika  y sospechar una extraña despedida cogí un avión y aterricé en Melilla ya intuía que nunca más iba a volver a ver a mi Fatma. Me dijeron sus amigas que había dejado de trabajar poco después de nuestra partida y que desde hacía unos días nadie había vuelto a saber de ella...

 

Aunque yo creo que la Fatma sabe, esté donde esté, que yo la tengo bien guardada en un rincón muy especial de mi admiración y mi cariño.

 

(Nunca pude encontrar en el cementerio de Frahana ninguna tumba con el nombre de mi Fatma para dejarla unas hojas de hierba buena bien verde y olorosa)

 

Luis E. Prieto

 

SI DEL CIELO TE CAEN LIMONES...

 

Marcos no estaba seguro de poder aceptar el encargo a pesar de lo mucho que lo necesitaba. Hacía tiempo que llevaba pensando en la emigración para intentar conseguir una vida más estable y confortable que la que llevaba viviendo en su Cartagena de Indias natal desde hacía treinta años. Pero nunca tuvo nada que ver con la coca, y la sola idea de convertirse en correo de la droga le ponían los pelos de punta. Cierto era que, posiblemente, fuera la única forma de conseguir el dinero suficiente y el visado para poder entrar en España, pero no lo tenía nada claro. El del Café del Puerto le había asegurado que era todo bien limpio y sin problemas, que los bolos iban muy bien protegidos para que no se rompieran dentro del estómago, y que, en cualquier caso, su entrada en Madrid no sería por vía directa desde Cartagena de Indias, ni desde Bogotá, sino que tomaría un avión a Montreal, en Canadá, y desde allí viajaría hasta Madrid para evitar suspicacias de la policía. La recompensa era sustanciosa y el visado asegurado y en toda regla. Al fin y a la postre, -pensó Marcos-, si no lo hacía él otro cualquiera se apuntaría al negocio ya que tenían una lista interminable de posibles correos.

 

(Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada...)

 

El viaje no fue todo lo preciso que pudiera pensarse. El DC-9 de Viasa que hacía el itinerario Caracas-Bogotá-Montreal sufrió un retraso considerable, al parecer por fallos en el tren de aterrizaje, y la salida hacia Montreal se demoró casi doce horas. Las ocho bolas que Marcos había tragado con abundante líquido y un astringente empezaban a pesarle en el estómago. No sabía qué hacer. A punto estuvo de darse la vuelta y tomar un avión hacia Cartagena para terminar la aventura. Incluso uno de los funcionarios de Viasa se había acercado a él, mientras en esto estaba, y le había preguntado:

-        ¿Se encuentra bien, señor?

-        Sí, no tenga reparo, -dijo Marcos-, es que estoy nervioso con el retraso.

-        Pues apúrese, señor, porque parece que ya está todo satisfecho y dentro de breve tiempo embarcarán para Montreal, -comentó.

 

En el vuelo de Montreal a Madrid, Mario se sintió a morir. Las náuseas se le venían  a la boca cada vez con mayor frecuencia e insistencia. A las tres horas de vuelo no tuvo más remedio que levantarse a toda prisa a los lavabos para devolver. Sentía pánico de que entre los vómitos saliesen disparados algunas de las bolas de coca, por lo que no se atrevió a usar la bolsa del asiento. Pero tuvo suerte: solo aparecieron bilis mezcladas con restos de la comida del aeropuerto. Probablemente había sido el miedo,  ya que conforme se acercaba a Madrid el miedo se acrecentaba y le retorcía los intestinos.

Y también la suerte estuvo a su lado a la llegada. El policía de emigración estaba de lo más ocupado discutiendo acaloradamente con el de la cabina de al lado sobre un partido de fútbol que aparentemente levantaba pasiones. Cuando le presentó el pasaporte ni siquiera le miró a la cara, una cara pálida, demacrada y asustada. Con rutina el policía, sin levantar la vista, le preguntó:

-        ¿De vacaciones?

-        Sí, señor, un mesecito, -contestó Marcos sacando fuerzas de flaqueza e intentando disimular unos tremendos retortijones de barriga que en esos momentos le acuciaban.

-        ¿Se encuentra bien?, -dijo el policía mientras sellaba el pasaporte de Marcos.

-        Regular tan solo, señor agente, -dijo Marcos entrecortado- . He tenido un mal vuelo y no me siento nada bien.

-        Pues cuídese, -le dijo el agente mientras le devolvía el pasaporte ya sellado.

-        Descuide, señor agente, -contestó Marcos con un hilo de voz mientras salía a toda prisa a buscar un servicio.

Porque nada: los astringentes no habían hecho el efecto deseado y Marcos estaba pasando las de Caín en el lavabo del aeropuerto para expulsar las ocho bolas de coca entre enormes espasmos. Al final, y luego de grandes sudores y esfuerzos, pudo expulsarlas sin que se rompieran y se las agenció para recuperarlas y lavarlas antes de guardárselas en el maletín de mano y pedir un taxi hacia su hotel.

 

(Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada...)

 

-        ¿Marcos Bermúdez Iriarte?, -preguntó el contacto antes de extenderle la mano.

-        El mismito, -respondió Marcos que ya tenía ganas de largar de una vez las ocho bolas.

-        ¿Llevas contigo la mercancía?, -volvió a preguntar el de las gafas oscuras y la cara acanallada.

-        Pues faltaría más, -respondió Marcos mientras daba una palmadita al maletín de cuero que le acompañaba.

-        Estamos viéndola, -escupió el acompañante del canalla.

Poco después Marcos era conducido en un coche camuflado a la comisaría de Ventas. Los canallas eran en realidad policías del Departamento de Narcóticos, y le habían tendido una trampa perfecta, que, por otro lado, tampoco tenía un especial mérito ya que Marcos estaba deseando deshacerse de la mercancía, y se la hubiera endosado casi al primero que le hubiera dicho esta boca es mía. Después de una semana en el calabozo donde le habían interrogado ya más de una docena de agentes, aquel día, irregularmente, habían ido a buscarle y le habían sentado en un despacho elegantemente amueblado. Al poco entró un hombre que no parecía policía y le saludó con cordialidad:

-        ¿Marcos Bermúdez?, -le había preguntado el hombre.

-        Para servirle..., -dijo Marcos algo aturdido.

-        Bien, vamos al grano, -cortó en seco el hombre del despacho-. Mi nombre es Pato Salvaje y vengo a hacerte una propuesta.

-        Usted me manda, señor D. Pato Salvaje, -balbuceó Marcos muy nervios.

-        Estoy comisionado para poder librarte de la cárcel a cambio de que colabores con nosotros como agente doble, -dijo directamente y sin fisuras el presunto Pato Salvaje.

-        ¡Ay, señor, que yo no sé qué es eso de agente doble..!, -casi lloró Marcos cada vez más confuso y nervioso.

-        Tranquilo, Marcos, tranquilo... Yo te lo voy a explicar...

Y le explicó que el CESID (Centro Superior de Investigación de la Defensa) estaba muy interesado en descubrir una trama que había detectado de narcotraficantes peruanos que estaban introduciendo coca purificada entre los soldados profesionales del ejército español. Que necesitan un hombre de confianza, a poder ser de origen latino y nacionalidad americana, para que se pudiera introducir dentro de la organización de los peruanos, que durante su estancia con ellos estaría bien protegido y pagado, y desaparecerían los antecedentes delictivos como correo de la droga... Pato Salvaje hablaba y hablaba convincentemente y sin respiro, y Marcos escuchaba desde otro mundo, sin saber muy bien aún lo que estaba sucediendo. Solo le hubiera gustado preguntarle al agente por qué precisamente él y no otro, pero en ese momento el agente, como adivinando su pregunta, le espetó:

-        Además, Marcos, físicamente eres una copia casi exacta de Belisario Baena, el capo del cartel de Cuzco...

-        Pues lo que usted mande, señor D. Pato, -dijo Marcos sin saber muy bien lo que decía.

 

(Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada...)

 

Eso de ser agente doble no era del todo malo. Tenía su coche privado, su apartamento y su sueldo que le permitía vivir más que desahogadamente y alternar en las mejores salas de salsa de la capital de España. Y categoría. Sobre todo categoría social y respeto. Estaba a la espera de su primer viaje al Cuzco y todas las mañanas era ilustrado convenientemente por los agentes de La Casa para su misión en el Perú. Habían pasado ya casi tres meses desde que le detuvieron los policías en aquella cita-trampa y, la verdad, no tenía ningún deseo especial de volver para las américas y meterse, como quien dice, en la boca del lobo. A Marcos lo que de verdad le gustaba era vivir confortablemente, pero el contrato era el contrato, y se temía que en breve su vida cómoda y relajada estuviera a punto de concluirse...

 

Cuando llegó al Cuzco tenía reservada una elegante suite en el Hotel Camino Real por cuenta de La Casa. Luego de dormir un rato se aseó y bajó al hall para darse una vuelta por la ciudad antes de comenzar a establecer los contactos que tenía asignados. Cuando salía por la puerta del hotel dos sicarios, con caras de pocos amigos, se le pusieron a cada lado mientras el más joven le decía con cortesía:

-        D. Belisario: andábamos apurados...

Marcos se quedó petrificado, pero antes de responder el más joven añadió:

-        Nos habían informado que los de Lima habían acabado con usted, D. Belisario...

Marcos decidió seguir andando como si nada, comprendiendo en seguida el equívoco y asumiendo su nueva identidad ante la posibilidad de que fuera bastante peor descubrirse y no seguir el juego. Por otro lado parecía que, como señaló Pato Salvaje, su parecido con el capo del Cuzco era tan extraordinario que ni siquiera sus guardaespaldas se habían percatado.

-        Pues ya veis que no, -dijo Marcos sacando la voz más dura que encontró en su garganta-. Solamente estuve visitando a una chulita...

Los sicarios le seguían bebiendo su sombra, y Marcos tuvo que pensar deprisa para que la situación no se le escapase de las manos.

-        Id a por el auto y llevadme a la casa, -se le ocurrió decir a Marcos antes de estar a punto de desmayarse de miedo.

Sorpresivamente los dos matones se volvieron a sus órdenes y Marcos quedó perplejo en la Plaza de Armas sin saber para dónde correr. Pero no tuvo mucho tiempo para pensar y decidir ya que en pocos minutos apareció una ranchera conducida por uno de los sicarios para recogerle. Marcos subió y el todo-terreno se perdió por las callejas antiguas que salían de la Plaza.

 

(Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada...)

 

Habían pasado más de seis meses cuando Marcos-Belisario recibió, en su confortable casa a las afueras de Cuzco desde donde regía con mano firme el cartel de Cuzco, una nota que unos de sus enlaces en Lima le había entregado. Leyó su contenido con una mezcla de miedo y de sorpresa:

“Pato Salvaje en Lima camino del Cuzco. La Casa sorprendida y preocupada. Espero explicaciones convincentes y no tener contratiempos. Pato Salvaje adorará a los dioses en el Machu Pichu el 26 a las 10. El sol nace siempre en solitario”.

A las 10 de la mañana en las alturas del Machu Pichu el sol ya quemaba como una bola de fuego. Había aún pocos turistas porque el tren de cremallera que subía desde el Cuzco no tenía su llegada hasta las 11. Marcos divisó desde su limusina a Pato Salvaje, aparentemente solo, apoyado en una ruinas incas casi en el centro de la ciudad arqueológica.

-        Hola, señor D. Pato, -saludó Marcos cuando estuvo cerca del agente sin olvidar su antigua relación de dependencia.

-        Hola, Marcos... ¿o debo decir señor D. Belisario?, -contestó Pato Salvaje cargando las palabras.

-        Como usted guste, mi amigo, -respondió Marcos con tranquilidad.

-        ¿Se puede saber a qué anda jugando?, -preguntó a bocajarro el agente.

-        Pues qué quiere que le diga, D. Pato. ¿Recuerda una canción salsera que decía: si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada..?

Pato Salvaje puso cara de asombro.

-        ¿No la recuerda?, -continuó Marcos-. ¿Y esa otra que decía: si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos..?

El agente estaba anonadado.

-        Pues eso, señor D. Pato, -siguió Marcos imperturbable-. Mire, yo solo quería tener una vida digna y un trabajo honrado en su país, pero, mire usted, la salsa me ha perseguido y no he tenido más remedio que adaptarme. Me han caído clavos y limones,  me he convertido en martillo y he aprendido a hacer limonada, antes de que los limones me agriaran el estómago y los clavos me traspasaran el corazón. Así de simple, D. Pato...

El agente seguía con la boca abierta y sin capacidad de responder.

-        Y ahora, D. Pato, olvídese de mi. Veremos si soy capaz de clavar bien los clavos y de digerir la limonada...

Marcos extendió la mano a Pato Salvaje que no pudo reaccionar y se la dejó colgada. Luego, dándose la vuelta, se subió a la limusina y se perdió por la carretera de polvos áridos mientras los turistas llegaban en tropel desde la estación.

 

Luis E. Prieto

 

LAS MARGARITAS SILVESTRES DE AMALFI

 

 

Abdull Alí Satur Alh Menabí no pudo dormir con tranquilidad aquella noche, y todas las huríes del firmamento estuvieron bailando una danza sinuosa entre su estómago y su cerebro.

 

La Perla del Desierto había zarpado al despertar la madrugada de Tindaz, en el Golfo de Akaba, con sus 120 tripulantes bien uniformados y a punto, y todo el séquito correctamente alojado en sus numerosos camarotes, con dirección a Nápoles, donde Abdull, emir de Qatubi, había decidido pasar unas vacaciones de unos meses para visitar al Dr. di Lorenzzo, prestigioso especialista italiano en cirugía andrológica.

Hamed Beuz Mohamed, primo del emir, y Ministro del Interior de Qatubi, recibió, pocas horas antes, la notificación del Perfecto de Nápoles, de que habían finalizado las obras del Muelle de Oriente del puerto de la ciudad, después de dos semanas de trabajos urgentes  para ampliarlo 15 metros y poder dar cabida al lujoso yate del emir. Se dirigió a la suite real, y luego de identificarse por inter-video, y de esperar que el emir tuviera tiempo de ocultar convenientemente a su última concubina,   Raisa, una jovencita de 20 años, le fue comunicado que podía adentrarse en los aposentos del emir.

-        Salam, -saludó el ministro-. Me comunican, alteza, que el muelle de Nápoles esta dispuesto. Los 300.000 dólares que otorgamos al Municipio para su ampliación han dado sus frutos...

-        ¿Encargaste las flores?

-        Sí, alteza. El helicóptero real  ha partido para Jaifa y estamos a la espera de su regreso al helipuerto del barco.

-        ¿Y los tulipanes?

-        Está previsto que durante la travesía un nuevo viaje del helicóptero los recoja en Ámsterdam y los retorne al yate.

-        Ya sabes, primo, que no me gustan estos retrasos...

-        Han sido inevitables, emir...

-        No hay nada inevitable cuando se pagan 6.000 dólares diarios para tener flores frescas cada día. Que no vuelva a pasar , o tendré que replantearme tu cargo...

-        Sí, Abdull, será como tú dices.

-        En cuanto lleguen las flores da órdenes de colocarlas en todos los aposentos de mi séquito. Y no olvides poner  rosas rojas en el camarote de Raisa, y blancas y amarillas en los de Malika y Fátima. En mi baño, tulipanes...

-        Salam, alteza. Tus deseos serán cumplidos...

 

Hamed abandonó la estancia real con rabia contenida. Sus largos años en Londres le habían dejado un poso de inconformismo social que ahora, al servicio de su primo, se le hacía muy cuesta arriba reprimir. Había intentado hablar con Abdull en más de una ocasión, pero el emir siempre hizo oídos sordos a sus consejos. Y no, no es que deseara convertir el emirato en un modelo de democracia caduca y occidentalizada, pero insistía en, al menos, guardar las formas de cara a la galería internacional, y sobre todo de cara a la prensa internacional, tan sensible siempre con los países del Golfo y sus cacareados “desmadres económicos y sociales”.  Hamed pensaba que gastarse diariamente 6.000 dólares en flores, -y para más escarnio compradas a los anemigos de Alá, en las tierras del norte de Israel-, cuando muchos ciudadanos de Qatubi subsistían en el umbral de la miseria, no era, precisamente, una buena propaganda para el país, y, desde luego, para el emirato. Pero Abdull siempre zanjaba la polémica con un “es voluntad de Alá”, que no daba para más discusiones posibles.

El Movimiento Qatubí para la Regeneración Moral, un gropúsculo con escasos adictos y que sus servicios secretos creían estar financiado por parte de la numerosa familia del emir, algunos posiblemente bien colocados en altos cargos del Estado, había lanzado unos pasquines en la capital poco antes del viaje del emir a Nápoles para su tratamiento andrológico. Los panfletos, que enseguida fueron retirados por sus hombres, rezaban:

“¿Alá es partidario de que se malgasten los recursos del pueblo en viajes del Jefe del Estado de dudosas razones religiosas?

¿Aprueba el Corán que el cuerpo que Alá ha concedido sea trasformado artificialmente para el placer?

¿Es justo que se derrochen las arcas del Estado en lujos superfluos y en médicos innecesarios?”

Evidentemente las octavillas llevaban veneno y habían sido confeccionadas desde posiciones próximas a la familia real, dado que no se habían hecho públicas las verdaderas razones del viaje del emir a Nápoles. Aún así el emir seguía sin desear analizar las razones, y sólo ordenó la caza y captura de los terroristas revolucionarios, y que fuesen sometidos, una vez convictos, a un castigo ejemplar. Pero Hamed nunca podría confesar a su primo que tenía más que sospechas de que al menos tres de sus esposas, y dos de sus hermanos, estaban financiando el Movimiento y las protestas.

 

La sirena del yate sonó con fuerza anunciando el puerto de Nápoles. La travesía había sido con bonanza, aunque el emir volvió a fracasar con la joven Raisa, que no consiguió, a pesar de sus esfuerzos, que la hombría de Abdull cumpliera los mínimos requisitos para el juego amoroso. Ni siquiera las cuatro viagras con ginseng del Dr. Mustafá Alkiri habían valido más que para un insoportable dolor de cabeza con fuertes punzadas en las sienes. Las huríes bailaron, de nuevo, en sus narices, una danza imposible de velos siniestros y negros.

El yate atracaba en el flamante nuevo pantalán del puerto de Nápoles, sufragado por el emir, cuando Abdull se disponía a entrar en su jacuzzi para darse un baño relajante antes del desayuno. Notó que la puerta de su suite se abría lentamente, y por ella apareció una niña de pelo muy rubio y extraños ojos negros. Aparentaba unos 12 a 13 años, llevaba entre sus manos un ramo de margaritas, y sonreía. El emir estuvo a punto de pulsar la alarma por miedo a que, escondida en el ramo, la niña pudiera llevar una bomba enviada por alguno de sus enemigos del emirato, pero la sonrisa franca de la niña le detuvo..

-        Y tú, ¿quién eres?

-        Yo soy María... y te traigo un regalo...

-        ¿Un regalo a mi, al emir de Qatubi?

-        Sí.

-        ¿No será ese ramo de flores tu regalo?

-        Sí.

-        ¿No sabes que yo me gasto todos los días más de 6.000 dólares en las mejores flores del mundo?

-        Eso me han contado, pero estas son margaritas silvestres de la costa de Amalfi... Y son mágicas...

-        ¿Ah, sí? ¿Y cuáles son sus magias?

-        Si las hueles intensamente, pensando en un deseo, este se cumplirá de inmediato.

-        No me digas...

-        Sí, es cierto, pero hay que tener cuidado: sólo una inspiración intensa, sólo una; con cada inspiración el efecto se multiplica proporcionalmente.

-        ¡Tonterías! Y, por cierto, ¿cómo diablos has entrado en mi camarote...?

 

Abdull se dio la vuelta para acercarse al timbre de emergencia y llamar a la guardia de seguridad, pero cuando estos irrumpieron en su aposento la niña había desaparecido como por ensalmo, y sólo permanecía el ramo de margaritas silvestres encima de la mesita de té de delante del sofá de seda india.

Dio orden de que buscaran y encarcelaran al jefe de su guardia de seguridad, y dispuso a su ayudante para que desembarcara la limusina y fueran a recoger al Dr. di Lorenzzo al Hospedale dil Giotto para una primera consulta en el yate después del desayuno.

El incidente con la niña le había dejado un poco soliviantado, pero no estaba dispuesto a que nada importunase el objetivo fundamental de su viaje a Nápoles. Cierto que allí estaban las margaritas silvestres de María, pero era estúpido pensar que aquellas pobres flores silvestres tuvieran propiedades mágicas. Aunque, ¿qué perdía por seguir el juego, antes de darse su masaje de agua a presión? Tomó el ramo, pensó en su pene lánguido, y deseó que creciera y creciera, cada vez más duro, mientras aspiraba con fuerza, una y otra vez, un olor amargo y ácido que despedían las flores.

¡Tonterías!, -se dijo, mientras se introducía en su bañera de chorros de agua-, pero no bien tumbado entre los surtidores comprobó, boquiabierto, cómo su miembro se endurecía y crecía como hacía años no recordaba. Estuvo a punto de dar un grito de placer y júbilo, pero se contuvo pensando que podría tratarse de un efecto óptico o transitorio. No, parecía que la niña tenía razón  con las propiedades mágicas de las margaritas silvestres de Amalfi, se dijo, mientras se observaba de nuevo en los espejos de las paredes del baño. Y allí seguía el ramo, en la mesita de té de la antesala. Se acercó cuidadosamente a él, con una mezcla de miedo reverencial y deseo, y aspiró profundamente mientras pensaba: “más, mucho más, el más grande y más potente de todos los siervos de Alá...”

 

El Dr. di Lorenzzo apenas pudo hacer más que diagnosticar un “priapismo” iatrogénico de causa desconocida cuando llegó a la Perla del Desierto, y ordenar su ingreso urgente en la UCI del Hospedale dil Giotto. Las constantes vitales del emir estaban totalmente alteradas, con una hipertensión realmente mórbida, y unas cifras de saturación de oxígeno y carbónico tan patológicas que hicieron necesarias intubación inmediata y sedación profunda, a pesar de la cual no fue posible dominar la rigidez del miembro viril del emir, que seguía enhiesto como el palo mayor de una goleta de cinco velas.

Cuarenta y ocho horas estuvo Abdull  en la UCI del hospital antes de que un fracaso renal agudo terminara con su vida, aunque no con su priapismo intratable que nunca pudo reducirse , a pesar de la sedación intensa y del óbito. En sus últimos minutos, Hamed, Raisa, Malika y Fátima rodeaban el cuerpo agonizante del emir y hacían cábalas de cómo dar la noticia al pueblo de Qatubi, preparar el sepelio, y designar al nuevo Jefe de Estado del emirato.

Poco después de su muerte, y del traslado incógnito desde el hospital a la Perla del Desierto, en un féretro especial, adaptado a los 30 centímetros de verga abanderada, Hamed ya había pactado con las tres esposas presentes que, durante su mandato, serían consideradas princesas herederas, y que las margaritas silvestres de Amalfi sustituirían, durante su primes mes de gobierno, a las flores importadas de Jaifa y de Ámsterdam en los jarrones de la mayoría del séquito familiar del fallecido emir de Qatubi, Abdull Alí Satur Alh Manabí.

Y los 6.000 dólares diarios en flores importadas, -sentenció Hamed Bezuz Mohamed, próximo emir del reino, por la gloria de Alá-, serían invertidas en adquirir nuevos y más sofisticados sistemas de seguridad para evitar atentados que pudieran desestabilizar la armonía consensuada del emirato de Qatubi...

 

Notas:

-        Existe, en la actualidad, un emir del Golfo Pérsico que gasta diariamente 6.000 dólares en flores, que viaja en un yate de 150 metros de eslora y con más de 120 tripulantes, y que donó 300.000 dólares para hacer un pantalán adecuado para su yate en el puerto de Nápoles.

-        El “priapismo” (de Príapo, dios griego) es un síntoma que puede aparecer en algunas lesiones medulares de la “cola de caballo” sacra, y que se caracteriza por una erección continuada y muy dolorosa del pene.

-        No sé si las margaritas silvestres de Amalfi tienen propiedades mágicas, pero puedo asegurar que son hermosísimas y tienen un olor misterioso...

 

 

Amalfi, Italia

Luis E. Prieto